Viaje a San Cipriano_Tercer día
Amaneció..., la voz inconfundible de Antonia se diferenciaba claramente en el rumor de voces de esa mañana, la luz del sol se dejaba ver tímidamente tras una noche de lluvia. Mi cuerpo se estiró con una gran sonrisa, mis piernas estaban aún allí, y no me dolían para nada, era como si me hubiera levantado en casa, aunque el aislante térmico que llevé era tan delgado que sentía las tablas de la cabaña marcadas en mi espalda. Bien un pequeño sacrificio para estar en el paraíso una semana...
Es impresionante como se esta aquí de tranquilo, la niebla del río cubría parte del dosel de la selva, a lo lejos las señoras de los restaurantes comenzaban la rutina diaria, alistando todo para el trabajo, lentamente el humo de los fogones se va mezclando en una amalgama provocativa con el olor a huevos revueltos, patacones de plátano y chocolate, la música comienza a invadir la tranquila mañana. La verdad era que no amanecía de ánimo para escuchar los clásicos de Gali Galeano, así que me puse las sandalias y a caminar... Comprar las provisiones para el desayuno fue la primera de las tareas del día; en la tienda se puede encontrar muchas de las cosas básicas que se necesitan para cocinar, como huevos, galletas, arroz, sardinas en lata, aceite; lo mas complicado fue comprar sal ya que la gente tiene agüeros y supersticiones al respecto, así que con un poco de creatividad culinaria la sal fue remplazada rápidamente por cubos de caldo de gallina. El chocolate y azúcar lo llevábamos en las alforjas.
Hicimos el desayuno con toda prontitud, el hambre de "león de circo" se dejaba sentir, pronto estuvieron los huevos, con chocolate y galletas Ducales (compramos medio paquete, casi menudeadas). En las alforjas llevaba mis trastos, una vieja estufa Camping Gaz que cargo desde hace años, una olla Imusa de teflón, mi jarro del ejercito (un recuerdo de otras épocas) y la marmita (made in China).
Ya con al panza llena había que poner en orden las cosas y comenzar a extender todo para que se secara. En las fotos se pueden ver las cositas que iban en las alforjas (las de mi hermano y las mías).
Que juicio de muchachos...
Con todo un poco más ordenado y "mamados" ya de las canciones de "Gali", empacamos los trastos y pa'l rio (traducido del paisañon: para el río).
Desde la casa de Antonia (que por demás es una de las mejores ubicadas, en la calle que va para el "charco de la balastrera"), se camina un par de kilómetros para llegar a otros charcos mas profundos y amplios (charcos le dicen a aquí a las posas o lagunas y recodos que forma el río en su recorrido, son lugares mas profundos, ideales para nadar), la comunidad de este sitio se ha organizado para hacer un turismo "sostenible", o al menos para conservar los caminos sin el basurero que suele acompañar los paseos de olla de la gente que los visita, caminar en esta selva exuberante es una de las mejores cosas que pueda uno imaginar (aclaro que cuando dugo uno, estoy diciendo: yo. Pues habrá gente que prefiera un turismo más convencional "Full Decameron").
El día lo pasamos en el río, buscamos un lugar tranquilo para cocinar (arroz, sardinas en lata y sopa de chocolo, instantánea, claro)
Bañarnos en el río fue de lo mejor, poder lavar la ropa (bicicleteros y transpirables), relajarnos un poco, tomar Mate e intentar pescar (mas por pasar el rato).
A media tarde comenzó a lloviznar un poco, así que cruzamos al otro lado para buscar un lugar donde pasar el aguacero; allí cebamos de nuevo el Mate, y revisamos nuestras notas.
Salir con mi hermano es una de las cosas que disfruto más, el representa grandes cosas en mi vida, y aunque es menor que yo, es muy independiente, así que estos viajes son la oportunidad de compartir momentos para el recuerdo.
Ya la luz se hacía escasa cuando regresamos la caserío, era la oportunidad ideal de hacer llamadas a casa en el establecimiento de Don José, tomar gaseosa (Popular de 500 ml) y ver pasar gente hasta la noche, fue grato poder hablar con mis padres y mi novia que por esos días estaba de paseo en Bogotá.
Recuerdo que cuando llegue por primera vez a este sitio (hace mas de 10 años) las cosas eran diferentes, aquí la arquitectura de las viviendas es algo dinámico, la humedad y las termitas hacer que en cuestión de meses una vivienda desaparezca (ejemplo: la panadería). En esa época, solo habían residentes de la comunidad afro colombiana, y eran ellos directamente los que administraban el lugar y recibían los recursos provenientes del turismo, aquí se viajaba en brujita pero a pura palanca, ahora se hace en brujita motorizada. Construcciones en materiales durables reemplazan las cabañas de madera, alojamientos mas cómodos por así decirlo, aunque debo confesar que parte del encanto es la rusticidad de la naturaleza, incluyendo la humana. Tal vez esa experiencia es la que me trae a menudo, el sentirme cerca de mis raíces "negras" poder fundirme en esta cultura, de Currulao, Chontaduro, Viche. El color de la vida, la vida misma con su ritmo natural, característico, lejos de mis rutinas diarias, del estrés del trabajo convencional, cotidiano, del bullicio de la ciudad y de tantas otras estúpidas formas de ser...
Ese día terminó en la comodidad de nuestro camping (tercer piso de la casa de Antonia), después de comer, el silencio de los humanos dio paso a la sinfónica de la selva, mis ojos se cerraban, con los últimos pensamientos, los recuerdos de mi vida, en esa realidad paralela; mi casa, mi novia, eran ahora acallados por el susurro del río, el sonido de los grillos y ranas... La noche!
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