Viaje a San Cipriano_Cuarto día de viaje



Tras una noche de un fuerte aguacero el caudal del río aumentó dramáticamente, las soleadas playas empedradas que disfrutamos el día anterior habían desaparecido, el río era esa mañana otra cosa, había mostrado otra faceta de su personalidad así que por ahora era imposible meterse al agua. Esta mañana amanecí un tanto trascendental así que me fui a la tienda de Don José y me dedique a escribir un poco en mi libreta de viaje, fue agradable tomar café de nuevo. Me pregunte sobre los motivos de hacer un viaje así, me pregunté muchas otras cosas, era extraño ese momento, había mucha lucidez en lo que pensaba, tal vez esta era la última vez que mis ojos vieran esa calle, era tal vez la ultima vez… La estadía no había sido del todo cómoda, pero ya la vida me ha mostrado en otras oportunidades que no hay por que perseguir “ideales”. Luego de un par de cafés llegó mi hermano, y nos fuimos al río, caminamos de nuevo por el sendero que se interna en la espesura del bosque, y aunque mis pasos se marcaban con acento en los charcos de camino, mis pensamientos estaban tan lejos de allí, como si habitarán otra dimensión, había un sabor a despedida, y no se por que, solo comencé a pensarlo. Pronto llegamos al río y eso me regresó a la realidad, allí estaban mis pies entrando de nuevo en el agua fría, la corriente estaba muy fuerte, pero no tenía temor; creo que hacía mucho que no cruzaba un río nadando, recordé que hace años atravesé el río La Vieja, en compañía de “Tista” y “Cuchi” (dos de mis mejores amigos); estaba confiado en lo que mi cuerpo podía hacer. Para mi hermano no fue diferente, el tenía una cita con la cornisa de un barranco de donde saltó la ultima vez que vinimos. Un par de brazadas y me encontraba en la mitad del caudal, las cosas se sienten naturales en un instante así, es mas sentía como si pudiera interpretar el río, sentir las sutiles diferencias, la corriente, la temperatura, apreté un poco mis brazadas al final y logre asirme de las rocas de la otra orilla; conmigo, éramos como ocho personas las que ahora hacíamos tertulia en el angosto camino que se marcaba en el barranco; la sensación del momento: una nenita de algo así como 10 años que se lanzo desde la rama de un árbol que se proyectaba hacia el vacío, uno a uno fueron saltando al agua, yo simplemente nadé de regreso.
Ya en el otro lado del río, el día comenzaba con el ritual de los demás que lo habían antecedido, el desfile de bañistas cargados con grandes neumáticos de camión, se asemejaba a una colosal fila de hormigas sin rumbo definido. A falta de la playa, nos dirigimos a la “sede” (el lugar donde cocinamos el día anterior). En este lugar habitan unos molestos insectos que desafían la paciencia de cualquiera: Los Tábanos.




Estos “tímidos” habitantes del bosque, gustan de la sangre de los pobres turistas “piernipelados” que se atreven a cruzar por su territorio, no hay duda de que te das cuenta de que te picaron pues se siente una punzada que te hace ver estrellas.

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