Viaje a San Cipriano_Quinto día de viaje



Amaneció, la inminencia del regreso se hacia evidente desde las primeras horas del día. Pronto me levanté y comencé a tratar de recoger las cosas que tenía secando, doblar todo, limpiar la carpa, lavar las ollas del día anterior, tratar de empacar todo en las alforjas de nuevo, salir a disfrutar del último día de “río”. Hasta ese momento mi equipo estaba portándose bien pero al tratar de empacar una de las alforjas la costura cedió y se rompió (esto es lo que pasa con estos equipos made in China), así que no había de otra; una de las cosas que olvidé empacar fue una aguja, aunque había llevado un carrete de hilo para estas emergencias; una de las hijas de Antonia me prestó una aguja, así que las cosas se iban solucionando por ese lado. Terminé de empacar, meter el sleeping en la funda, enrollar el aislante y cocinar el desayuno.
Nos fuimos al río, esta vez a un pequeño lago que forma el cause del río en una de sus curvas, pequeño y profundo, nadar desnudo, origen, creación y río se fundían en el instante, disfrutar del agua fría reconfortante para las picaduras de los Tábanos, para el cansancio de la carretera, para tanta mierda que invade nuestras vidas como maleza en un campo fértil.
Luego el frío invadió todo el paisaje, algunas gotas de lluvia se precipitaban como perlas desde el techo de la selva, estaba cebado el primer Mate del día, los sorbos calientes le regresaban a mi cuerpo la calidez que se había llevado el agua, la lluvia comenzó a hacerse mas fuerte así que nos salimos para evitar quedar varados por alguna crecida, como el día anterior.
Ya a la sombra de nuestro refugio de circunstancias, comencé a hacer las reparaciones en mi alforja dañada, todo tenía que estar a punto para la salida el día siguiente.



Mi hermano ese día hizo el almuerzo, y le quedó exquisito, luego de terminar cebamos el Mate y esperamos a que terminara de llover. En mis viajes acostumbro llevar algún libro a menudo es la oportunidad de saborear la lectura sin mas presiones que la llegada de la noche, esta vez estaba comenzando con un libro de Osho que describe algunas de las ideas del pensamiento Zen, una forma de vida que me interesa desde hace años.



Regresamos al caserío, la gente, los sonidos, los olores, todo se mezcla como una amalgama con un adjetivo inconfundible, endémico, casi un recuerdo tangible. Ya en la tienda nos sentamos a ver pasar el desfile de personas, cada quien con una historia, nosotros, con el regreso a pedal hasta nuestra casa.

Caía la noche de nuevo, el río seguía insinuando su eterna presencia con su rumor. Llegamos a casa de Antonia, siempre llena de parientes, de calidez de hogar, mientras estábamos fuera llegaron unos nuevos turistas que habían acampado junto a nuestra carpa, la oscuridad del piso superior de la cabaña no era ventajosa a la hora de empacar, mucho menos con la mitad del espacio que habíamos disfrutado toda la semana. Todo había quedado listo, las alforjas estaban llenas, las bicicletas lubricadas y listas para la ruta, una última mirada al paraíso, despedirnos de Antonia, pagar la cuenta del hospedaje, llamar a casa…

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